
La inflación de la eurozona volvió a repuntar en mayo hasta situarse en el 3,2%, según los datos publicados por Eurostat, en un contexto marcado por el encarecimiento de la energía y la incertidumbre derivada de la guerra en Oriente Próximo. El dato supone el cuarto mes consecutivo al alza y eleva la presión sobre el Banco Central Europeo, que celebrará la próxima semana una nueva reunión de su Consejo de Gobierno en Fráncfort.
Aunque el nivel actual de precios todavía está lejos de los máximos alcanzados durante la crisis energética de 2022, la evolución de los últimos meses preocupa a los analistas. Desde el inicio de esta tendencia alcista, la inflación ha aumentado 1,5 puntos, en un escenario en el que todavía no existe certeza sobre la duración de las tensiones energéticas ni sobre su posible impacto en el crecimiento económico.
El foco principal se mantiene en la evolución de los precios de la energía. Según Eurostat, este componente se encareció un 10,9% interanual en mayo, lo que refuerza el temor a que el aumento de costes termine trasladándose a otros bienes y servicios.
La energía vuelve a tensionar los precios
El riesgo más inmediato para la economía europea es que la subida de la energía provoque un efecto contagio sobre otros productos. Los primeros signos ya empiezan a observarse en algunos indicadores. La inflación subyacente, que excluye componentes más volátiles como energía, tabaco y alimentos frescos, subió tres décimas en mayo, hasta el 2,5%.
También los servicios registraron un avance relevante, al pasar del 3% al 3,5%. Este comportamiento resulta especialmente sensible para los analistas, ya que en la anterior crisis inflacionaria los servicios fueron uno de los últimos componentes en sumarse a la escalada de precios y también uno de los que más tardaron en moderarse.
A esta situación se suma el aumento de empresas industriales que prevén elevar sus precios de venta en los próximos meses. La preocupación se centra ahora en que el encarecimiento energético termine afectando a los costes del transporte y de los alimentos, ampliando así el impacto sobre el conjunto de la economía.
La duración de esta presión dependerá en gran medida de la evolución del conflicto en Oriente Próximo y, en particular, de lo que ocurra con el estrecho de Ormuz. Antes del ataque de Estados Unidos e Israel a Irán, por este paso transitaba una quinta parte del petróleo y del gas natural licuado del mundo. Una reapertura rápida del tráfico marítimo podría limitar el alcance del contagio, mientras que un bloqueo prolongado agravaría el escenario.
El BCE afronta una decisión compleja
La nueva subida de la inflación añade presión sobre el Banco Central Europeo, en un momento en el que los analistas esperan una subida de los tipos de interés. Sin embargo, el margen de actuación de la institución no es sencillo, ya que debe equilibrar el control de los precios con los posibles efectos negativos sobre el crecimiento.
El escenario que afronta el BCE combina una crisis energética de duración incierta, una inflación creciente y riesgos para la actividad económica. Esa mezcla complica la orientación de la política monetaria, especialmente si el encarecimiento de la energía continúa trasladándose al resto de la cesta de consumo.
España se mantiene por encima de la media de la eurozona en términos armonizados, con una inflación del 3,6% en mayo. Además, este mes finalizan algunas de las medidas de alivio aprobadas para contener los precios al inicio de la crisis energética, aunque existe la posibilidad de que se prorroguen o se aprueben nuevas ayudas.
El repunte no ha sido homogéneo entre los países del euro. Alemania logró reducir su inflación armonizada del 2,9% al 2,7%, mientras que Francia se situó en el 2,8%. En cambio, otros países registran niveles más elevados, como Bulgaria, con un 6,1%, y Lituania, con un 5,1%. Malta aparece como el país con menor presión inflacionaria dentro de la moneda común, con un 2,1%.


